Ofrenda a los muertos en la comunidad de San Isidro Buensuceso

San Pablo del Monte, Tlax., 02 de noviembre 2019.- En el bastión nahua de San Isidro Buensuceso, en San Pablo del Monte, los panteones de la comunidad se iluminan con colores amarillos y naranjas. Foto: Cámara Oscura / Alejandro Ancona

En el bastión nahua de San Isidro Buensuceso, en San Pablo del Monte, los panteones de la comunidad se iluminan con colores amarillos y naranjas, el aire se impregna de aromas de flores y copal, mientras las familias velan a sus fieles difuntos en el ritual de la ofrenda y el acompañamiento a las tumbas.

Desde muy temprano, en la madrugada del 2 de noviembre, los habitantes recorren las oscuras calles de la comunidad hacia la capilla de San Isidro Buensuceso, donde acuden a orar y persignarse frente a las imágenes de los santos antes de partir hacia el panteón, donde acompañarán a sus fieles difuntos.

Una vez allí, cerca de las 5 de la mañana, las familias adornan con flores, especialmente de Cempasúchil, las tumbas de sus familiares fallecidos; con los sahumerios esparcen por el aire el místico copal y se acomodan junto al lugar de reposo para compartir el recuerdo de sus seres queridos.

Mientras les rinden homenaje con historias, con el mismo cariño hacia la tumba que como hubiese estado en vida, comparten recuerdos, alegría, incluso acompañan en silencio de la penumbra con un poco de música, incluso, de la bebida que más le gustaba a ese ser querido.

Abrigados con cobijas, solo las velas ayudan a calentarse para resistir el inclemente frío de la montaña, hasta la espera del amanecer.

Incluso, aquellos que no necesariamente acuden al panteón a velar a sus muertos, llevan comida, atoles y tamales, tortas, botanas y hasta jugos, para ayudar a mitigar el hambre de aquellos que pasan la noche en vela.

Así es la tradición que se desempeña cada temporada de muertos en San Isidro Buensuceso, una comunidad indígena, todavía hablante del náhuatl, que incluso ya se ha acostumbrado a los visitantes, turistas y fotógrafos, que acuden a para presenciar este evento único en Tlaxcala.

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Al finalizar el día, cuando suene la última de las doce campanadas, las ánimas se irán, a la espera de que el siguiente año puedan de nuevo pedir permiso para visitar a sus familiares vivos.

Texto: Melisa Ortega
Fotos: Alejandro Ancona // Melisa Ortega