Crónicas descompuestas de un viaje apresurado: La niña de las grietas en la piel.

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Un día como hoy, hace casi un año, los últimos rayos del sol iluminan las calles empedradas y la explanada del centro de la ciudad, que usualmente están repletas de turistas extranjeros, vendedores y chamulas. En estas calles se desenvuelve la vida cotidiana, ajetreada, llena de gente, de colores, de sabores y de esencias humanas que inundan los sitios al ritmo de sus prisas. Las miradas se pierden entre tanta gente, como una escuela llena de niños en recreo que van y vienen por doquier. La explanada del centro de San Cristóbal de las Casas, se torna de colores grises y rojos por las nubes que de cuando en cuando cubren el sol dejando libre el aire frío, los vendedores, adornados con marañas tejidas de colores, rebozos, muñecos, juguetes y artesanías, se apresuran a vender lo más que pudieran antes de que llegue el anochecer. Un jueves de diciembre por la tarde, solemne, la vida diurna se prepara para descansar y dejar salir a la vida nocturna después del último rayo de sol, mientras, el calor cobija con un astro acomedido en relajar los ánimos. No sólo las calles se pintan con los colores que brinda el cielo, sino que se llena de facetas diferentes a cada segundo, se pueden apreciar rostros pálidos, de ojos azulados y rasgos recios, así como de pieles morenas, faldas de lana negra y pies desnudos. Mientras aun hay luz, las vendedoras se acercan a los turistas que se ven interesados en comprar, los rodean para aprovechar que sacan la cartera para que les compren sus artesanías, mientras que los vendedores son más reservados, no los rodean. Los niños siguen el paso de las mujeres, niños que visten zapatos desgastados y ropaje sucios, ellos rodean con miradas inocentes y preocupadas, algunos tienen suerte para vender y otros no tanta, se preocupan si no logran vender sus todos sus productos o bolear suficientes zapatos. Dentro de ese enjambre de niños hambrientos por una vida sin preocupaciones, estaba ella, aquella niña que no se apresura a rodear al turista para mostrarle sus pulseras, ella sólo camina lenta, con su mirada cabizbaja y un rostro repleto de dudas. Se acerca y las únicas palabras que se desprenden de su boquita reseca son “cómprame, no he vendido nada”. Ella conmueve a cualquiera que pueda verla, no por sus rasgos distintivos sino, por su belleza opacada por una piel tierna llena de grietas. Sus mejillas están repletas de escamas de piel muerta, resultado del intenso y húmedo frío o por descuido, o quizá, resultado de la pobreza.
La niña de las grietas en la piel.
La niña de las grietas en la piel.
Ella pertenece a las cifras de las demás niñas, niños, hombres y mujeres, que conforman un digito más dentro de las cifras de la pobreza, la desigualdad social y la falta de oportunidades. Ella si tiene nombre, un nombre que quedará guardado en la memoria de quien la haya escuchado hablar, pero que para los demás no existe, sólo es una cifra más, sólo es un rostro que no tiene nombre, una oportunidad de grandeza estancada en el lodo de la sociedad, que está más interesada en comprar adornos navideños y en publicar los acontecimientos de sus vidas que en voltear a ver a estos rostros descompuestos que se les han de olvidar. Así, el último rayo de sol cae, dando paso a la oscuridad de la noche, quién es un personaje que borra todo rastro que haya quedado para dar paso a un nuevo día. Texto y Foto: Melisa Ortega
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