Peregrinar, la fe que mueve masas.

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En una ocasión un amigo hizo un comentario respecto a la peregrinación anual que mucha gente realiza a la basílica de Guadalupe en la Ciudad de México. En ese entonces estábamos convulsionados –como una gran mayoría en el país lo estaba- por la desaparición forzada de los 43 estudiantes de la escuela normal rural de Ayotzinapa. Este amigo decía, palabras más, palabras menos; qué tan difícil sería soñar con que todos esos miles de peregrinos movidos por la fe en la virgen de Guadalupe desviaran su curso y su fe, y la llevarán afuera de la residencia presidencial en Los Pinos. Imagínense esos cientos y miles de personas volcadas todas afuera de la casa del presidente, exigiendo mejores condiciones de vida y justicia para los devastados por la impunidad y la corrupción. Peregrinos movidos por el mandamiento más conocido de la iglesia católica, “amarás al prójimo como a ti mismo”.

 

¿Cuáles son las circunstancias sociales, políticas y religiosas para que la gente creyente y con fe no represente un comodín de demanda social? ¿Cómo es posible que durante cientos de años las peregrinaciones continúen, esos miles de kilómetros que familias han recorrido una y otra vez, año tras año?. Muchas veces he escuchado la frase “la fe mueve montañas”, y ciertamente mueve, mueve muchas cosas, pero lo hace unidireccionalmente, ese desbordamiento de fe, pasión y entrega sólo se queda en la parte religiosa. ¿Será posible que la entrega devota de los peregrinos haga eco en otros sitios, esos donde regularmente se necesitan más voces, más corazones devotos, más largas caminatas? No creo que la fe esté peleada con la justicia, precisamente hace falta más de ella para salvar a este país, sacarlo de este agujero de cadáveres y pobreza.

 

 

Cada año alrededor de 9 millones de creyentes llevan a cabo su peregrinar hasta la basílica de Guadalupe ubicada en la Ciudad de México, lugar donde según la creencia católica un indígena de nombre Juan Diego se encontró con la virgen Guadalupe, ésta le pide hablar de su aparición y pedir la construcción de un templo, de un lugar dedicado a ella donde poder oír los rezos de los devotos. Cabe mencionar que esto ocurrió en el año 1531, apenas diez años después de la llegada de Hernán Cortés y la posterior conquista de la ciudad mexica Tenochtitlán. El culto a la virgen Guadalupe tiene una larga historia, y es una de las festividades más importantes dentro de la cultura popular mexicana.

 

El Guadalupanismo mezcla fe, misticismo y como toda creencia involucra métodos de difusión de las ideas. Es interesante encontrar en medios de comunicación nacional shows televisivos inspirados en las creencias guadalupanas, programas como “La Rosa de Guadalupe” es una serie en la que se plantean situaciones ficticias del cotidiano, historias con las que miles de personas en el país sienten familiaridad a través de la jerga, las locaciones (barrios, plazas, mercados), pero sobre todo se ven proyectados mediante los estereotipos sobre los que se desarrollan las historias allí contadas. La propagación de la fe en la virgen de Guadalupe se emplaza en la cultura popular, en la vida cotidiana, llega al consciente de la gente y se instala para formar parte del ideal colectivo.

 

 

Como todo producto televisivo y de marketing, “La Rosa de Guadalupe” está direccionada para un público específico. ¿Quién es el mayor consumidor de este producto? Probablemente todos hemos visto al menos una vez un episodio de este programa, eso es indudable, sin embargo la pregunta sigue siendo ¿Quiénes son los consumidores recurrentes? El mayor consumidor de los productos de la Mass Media suele ser la población con bajos recursos económicos y educativos. Recientemente en México el ejecutivo en turno impulsó una reforma educativa, de la cual según  el recién nombrado secretario de educación, Otto Granados, los resultados reales tardarán entre 15 y 17 años en reflejarse. La población analfabeta, acostumbrada al entretenimiento que los medios de comunicación masiva ofrecen, se encuentra rezagada en comparación a otro porcentaje de la población, que sí cuenta con acceso a mejores servicios educativos y a las nuevas plataformas de entretenimiento. Es decir, productos televisivos como el anteriormente citado están tele-dirigidos a un público específico, que está estrechamente restringido a un sólo tipo de entretenimiento, causante entre otros factores, de su situación educativa y económica.

 

Un enorme porcentaje de peregrinos que viajan hasta la Ciudad de México a pie o en bicicleta provienen de comunidades de la sierras de Puebla, Tlaxcala, Hidalgo, Oaxaca, Veracruz. Estados donde el rezago educativo no ha disminuido a pesar de las políticas y reformas planteadas en este y otros sexenios presidenciales. Gente humilde, de escasos recursos económicos lleva su fe y pasión hasta la presencia del manto donde la virgen Guadalupe aguarda. La propuesta política de la modernidad durante las últimas décadas ha apostado por invertir en la educación, y en apoyar a los pueblos en rezago. Pero según las declaraciones de ellos mismos los resultados tardarán en llegar o reflejarse. Si consideramos que en varias escuelas rurales no se cuenta ni siquiera con mobiliario, aulas con techo o profesores, las reformas tardarán aún más en elevar el nivel educativo de los estudiantes que acuden a la escuela en estas condiciones.

 

 

 

 

¿La fe de las personas en situación de pobreza estará también tele-dirigida? ¿No es acaso la televisión la escuela de los niños sin escuela? Empresas como Televisa, han sido el molde de muchas generaciones, que mediante sus señales analógicas se permitió llegar durante varias décadas a miles de hogares, lugares donde a pesar de la pobreza siempre había un televisor encendido. El mismo Emilio Azcárraga Milmo, “El tigre”, en 1993 se sinceró y dijo en un discurso: “México es un país de una clase modesta muy jodida, que no va a salir de jodida. Para la televisión es una obligación llevar diversión a esa gente y sacarla de su triste realidad y de su futuro difícil”.

 

En conclusión, creo que religión y fe son dos cosas muy distintas. Más allá del mito guadalupano, hay algo que mueve a la fe, algo que alegra el corazón de las poblaciones oprimidas, de los pueblos tele-operados, los que como diría el escritor Eduardo Galeano son “Los nadies, los hijos de nadie, los dueños de nada”. Depositar esa fe no sólo en la devoción a la virgen sino también en la lucha social por hacer de su situación engullida en la miseria una reivindicación de su marginalidad, podría ser la apuesta para hacerse visibles. La fe como algo intrínseco que no se construye por experiencias con los mass media, sino que se produce y se reproduce en la acción por la dignidad de las personas, esa si es capaz de mover montañas. El culto a la virgen Guadalupe podría replantearse como un culto a la dignidad del oprimido, el 12 de diciembre como la lucha de la fe por la autodeterminación de los pueblos en opresión.

Texto y fotos: Jesús Alvarado Rodríguez

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