Te entretengo, pero ayúdame. Gracias por tú cooperación

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El tirador de las cuerdas mágicas que entretiene a cambio de una cooperación voluntaria en la ciudad de los títeres.

Dentro de un pasaje colorido, llena de una arquitectura colonial procurada, se puede encontrar la zona más avivada -quizá- de la ciudad de Huamantla, que contrasta con las casas hacinadas, sucias y descuidadas, entre callejuelas estrechas -que desprenden todavía olor a sangre de toro y a cerveza- que componen a la mayor parte de su estructura urbana.

Aquí, se puede encontrar un colorido tumulto de gentes de diferentes clases, desde aquellos que conservan sus rasgos otomíes, las viejitas que caminan ofreciendo dulces o florecillas, los ambulantes y artesanos de baratijas, los borrachitos, los que arrastran la carne en taras por el suelo, hasta los de piel más clara que vagan y que conviven con el resto de la sociedad mortal.

Aquí, el olor del mercado penetra en lo más profundo del bozal colectivo hecho de algodón o alguna otra tela, que llevan usando las gentes desde hace casi un año. Los rostros se desconocen, pero los aromas y sonidos, las vistas y lugares, aún no se olvidan.

Aquí, un sonido llama la atención de la gente. Es el de una cuadrilla, típica de una época como ésta, donde los más arraigados a las tradiciones efusivas se disponen a practicar desde meses antes los pasos de baile a marcar en las diferentes calles, de las diferentes ciudades y pueblos de Tlaxcala.

Antes de guardarse en la sacrosanta vigilia -cada vez es más ignorada-, los fieles y ateos se aglomeran para admirar las comparsas y camadas que bailaban sobre calles cerradas al ritmo de las mentadas de los automovilistas iracundos.

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Ahora, por un supuesto caldo de murciélago -divertido de mencionar pero que ha ocasionado un desastre mundial-, los meros de la política y cabecillas de la salud han dispuesto que no haya fiestas, ni tradiciones efusivas, ni “chaca chaca” el 14 de febrero.

Por ello, el sonido de aquella cuadrilla, compuesta por el sincretismo asimilado a fuerza de las dos culturas -la de los indios “ignorantes” y de los blancos privilegiados- llena de solmenes recuerdos aquellas calles que no verán a los pies desempolvar el suelo.

Ese sonido conduce a un pequeño muñeco vestido como el huehuecoyotl -la mofa divertida hacia los blancos privilegiados-, que aún sobrevive dentro de la algarabía de los ciudadanos que portan máscaras y trajes para bailar hasta que los pies no puedan seguir bailando.

El muñeco, tirado por cuerdas mágicas, baila y saluda a quienes le admiran, le toman fotografías y le dejan alguna moneda en su bote de lata. A su lado yace otro muñeco vestido con esmoquin, que reposa inerte sobre una caja que encima y debajo luce diferentes letreros.

Con breves palabras, el tirador de las cuerdas mágicas da algunas pistas de su vida y la razón por la cual, en la ciudad de los títeres adoradores de muéganos, da un pequeño espectáculo a cambio de simples monedas.

“Soy persona de capacidades diferentes. Te entretengo, pero ayúdame. Gracias por tu cooperación”. Bajo ese letrero, describe su nombre. Francisco Félix Aquino Arellano. Autor de un libro que por cierto puede adquirir ahí mismo.

El resignado títere que entretiene a los indiferentes con su simpático muñeco vestido de huehue, se despide de los niños y la familia que se detiene a sacarle videos y fotos.

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Todos los días -quizá- bajo la misma rutina de un fenómeno de circo social que desde su vitrina virtual se mueve para solazar, Félix -quizá- puede otorgar felicidad a todos, pero -quizá- menos para sí mismo.

Mel-Atl

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