Invisibles. Crónica de un lunes por la mañana.

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Es una mañana extraña, hacía días que el viento no removía de su quietud a los techos de teja y no alborotaba el polvo de las descuidadas calles de la ciudad. En la televisión se anunciaba una tormenta tropical, aún más peligrosa que la que empapó aquel estado del sureste.

En la noche hubo una nube magenta que deambulaba a toda velocidad, el aroma delicioso del ocote fue deslizado desde la montaña hacia la parsimonia de un pueblo en la madrugada.

No imaginaba que aquella tormenta llegaría tan pronto.

Durante ese lunes, me topé un par de veces con la mujer que me habría de recordar a una señora, ya mayor de edad, que portaba la misma indumentaria, las facciones de su rostro serían una copia sin otro igual, así como la carga que llevaba sobre sus hombros. Eran bolsas tejidas con fibras de pet.

Después de verla otras veces, ese día me la volví a encontrar, pues su visita a la ciudad es una rutina por necesidad; por ello, sentada nuevamente, ella ofrecía sus productos hechecitos con sus manos. Tendidas sus cosas estaban sobre el suelo de arrullo áspero, en una mañana que no parecía querer calmar la ansiedad de su vendaval.

Allí estaba, el sol de octubre bañaba de dorado su piel y su rebozo. Se había posado sobre una avenida importante de la ciudad de Tlaxcala. Otras veces había visto mujeres que portaban faldas de lana negra y se ponían sus chales doblados sobre sus cabezas para no padecer sus quemaduras.

Aquellas mujeres de Chiapas portan orgullosas sus chales en la cabeza. En las regiones altas suele hacer frío, pero ni este traspasa sus pies descalzos. Con la mujer de ese lunes fue diferente. Reconocí las obras de un solo lugar Huajuapan de León, Oaxaca.

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De ese lugar es mi querida Gude, que desde el inicio de la pandemia no la he visto por ningún rincón de la ciudad; en cambio aquella mujer que vi, me recordó mucho a ella. 

Al igual que doña Gude, aquella señora de edad mayor también llevaba pesadas cargas a lomo, la inclemencia del ambiente también le maltrataba su piel, el viento provocaba grietas en sus manos y seguramente también el hambre provoca grietas en su ser.

Múltiples veces vi a otra mujer en esa misma situación, sentadita, observando el tiempo pasar; pasando hambre, al menos en lo que caía la primera venta. La primera venta era importante. ¿Cómo uno podría pensar en comer si no tiene dinero para pagar la comida? ¿Cómo una podría pensar en comer si no ha comido la nieta primero?

Pienso que las abuelitas, aún a su edad vulnerable, piensan en ayudar a otros antes que a sí mismas.

Es por ello que ese lunes me llenó de recuerdos al ver a aquella mujer en cuyo nombre, desconocido para mí, iba intrínseca la memoria de mi abuelita. Asumí por ende que la rutina era la misma. Aunque en otras ocasiones la había visto sola, esta vez parecía estar acompañada.

Pasaba es gran avenida, observando rato largo al caminar y ver alejarse entre mis pasos a esa mujer. Una fotografía le tomé, a lo lejos. Obviamente. No me atrevo a pararme frente a ella a robarle un instante de su vida, aunque me robé un instante para recordarla.

Pasé otro rato largo caminando, entre compras de alimentos y dulces, hasta que de nuevo me la encontré, en la misma calle donde habría de esperar el transporte que me llevaría a casa.

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En ese momento el chal que la cobijaba del inclemente sol, ahora la arropaba del frío que cada vez calaba más entre los dientes. Sus bolsitas tejidas ahora iban en dos maletas pesadas, y su destino, al igual que el mío, sería abordar un transporte que la llevase a casa.

Al estilo de Gabriel Figueroa, le robé otro instante para recordarla. Su chal ondeaba al ritmo del viento inclemente, los aromas de los puestos de comida despertaban el hambre de cualquier ser que transitara por aquella calle tan concurrida y llena de autos estridentes.

De nuevo la observo. De nuevo los recuerdos me vuelven a llegar. ¿Cuantas veces no vi a una mujer que, al igual que ella, llevaba pesados bultos a lomo? Con dificultad se pudo sentar en el desnivel de la banqueta, la fuerza del vendaval le despeinaba el rebozo.

Pensé y recordé de nuevo. La única diferencia entre mi abuelita y aquella mujer era que mi abuelita pasó los últimos días de su vida trabajando en compañía de al menos alguien de su familia, mientras que la mujer de ese lunes, en aquel instante, se encontraba sola.

Sola y diminuta en la instantánea quedó. Diminuta porque, al igual que muchos otros como ella, parece una sombra entre la niebla. Los caminantes de zapatos anchos y chamarras abrigadoras no la miran, no se detienen a observar. Les es indiferente.

Ella es invisible ante aquella niebla de indiferencia.

¿Por qué es invisible? ¿Alguien alguna vez si quiera les voltea a mirar? Y si la miran ¿observan con detenimiento o simplemente desvían la mirada hacia otro lado?

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Muchos preferimos no ver porque quizá nos duele lo que vemos. Otros solo observamos y quizá, sin saberlo, también participamos de aquella indiferencia.

Aquella mujer con dificultad se levantó, tomó sus bultos en brazos y los llevó al otro lado de la calle, donde estuvo unos instantes y luego desapareció. Se perdió de mi vista entre aquellos autos ruidosos. De la misma forma los recuerdos tristes se fueron con ella.

Mel-Atl

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