Solitario y cansado; así es la jornada de adultos mayores con empleo informal

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Foto: Cámara Oscura // ACA

Después de un solitario y cansado día, cobijada bajo la escasa sombra que ofrece el frío edificio de piedra tras de ella, doña Gude, vencida por el sueño, decide recostarse sobre su rebozo, oculta detrás de la barrera de arcos y colores que ofrecen las bolsas tejidas para ocultarla de ojos fisgones e indiscretos.

La jornada ha sido larga, sobre el cielo se forma un nubarrón espeso que advierte una tormenta; mientras tanto, habrá que aprovechar que aún no llueve para poder vender lo más que se pueda de bolsas tejidas con fibras de pet y de palma, a los atolondrados transeúntes que caminan por las calles de Tlaxcala.

Doña Gudelia Santos, o Gude, como le dicen de cariño sus hijos, despierta para atender a las mujeres que se detuvieron -solo a preguntar- por sus artesanías; con regateos e infinidad de preguntas, las mujeres que parecían dispuestas a comprar, al final no compraron nada.

Foto: Cámara Oscura // ACA

A sus 66 años de edad, doña Gude viaja lejos de su pueblo natal, Huajuapan de León, Oaxaca, para poder buscar, como otros artesanos de su pueblo y de cualquier otro lugar en México, una oportunidad de subsistir mediante la venta de productos diestramente elaborados con sus propias manos.

La ciudad de Tlaxcala es una de los tantos lugares que doña Gude visita, al igual que la capital poblana, donde escoge un lugar sobre el suelo, a expensas de ser retirada de manera no amable, y se sienta a la espera de generar ingresos que sobrepasen el costo del viaje que la trajo hasta esta ciudad. Está vez piensa aprovechar el turismo veraniego.

Ahí, viendo cientos de pies caminar frente a ella todos los días, se queda y, mientras espera, se pone a tejer hasta que llegue el momento en el que el cuerpo clama por alguna necesidad, entonces se mueve y camina; recorre las calles de helada piedra o caliente asfalto en busca de algo que comer o dónde hacer su necesidad.

Foto: Cámara Oscura // ACA

Si no tiene suerte al recorrer las calles vuelve a su lugar, y si la corren de aquel lugar se mueve a otro, siempre sin dejarse maltratar, siempre con el pensamiento de llegar con algo de dinero a su hogar, y por eso espera paciente. Lleva 40 años dedicándose al comercio dónde la principal fortaleza es la paciencia.

Dentro de su paciencia, y mientras teje, su mente se inunda de pensamientos y preocupaciones sobre el dinero que quiere llevar a su casa, porque le gusta apoyar a su familia, aunque sus tres hijas sean grandes y ya tengan maridos, ella sale a vender y se aventura a viajar.

Por su mente también transcurre el dolor y la preocupación por su hijo, el único varón que tuvo, el que es rebelde y empecinado, pues es la tercera vez que lo encierran por intentar cruzar la frontera.

Ella no entiende esa necedad de seguir arriesgando su vida por viajar al norte, pero le da tristeza, sus ojos se impregnan de lágrimas cuando recuerda a su hijo y no sabe dónde está o si está bien; no tiene mucho que le habló para decirle que tiene 6 meses encerrado y aún le faltan 60 días para salir.

Foto: Cámara Oscura // ACA

Su hijo no quiere ser paciente, le preocupa que a sus 31 años aún no tiene pareja ni un trabajo, él dice que no quiere tener a una mujer porque no tiene con qué mantenerla, pero Doña Gude le insiste que en una relación se deben de apoyar, como ella y su marido; “si el hombre no puede está la mujer, si la mujer no puede está el hombre, no nos vamos a dejar morir de hambre”.

Él le pide a su mamá que no llore , y ella le dice qué como no va a llorar, “eres pedazo de mi carne, eres mi sangre (…) yo te pienso y me duele mi corazón”.

De la misma manera por su mente la invade el pensamiento de su nietecito, al que quiere como si fuera su hijo y que de la misma forma es correspondida, incluso el pequeño entiende la lengua mixteca, pues a sus hijos no les gusta que les hable en su lengua materna y no les gusta hablarla por vergüenza.

Foto: Cámara Oscura // ACA

Las primeras gotas de lluvia caen, doña Gude deja de tejer, deja de pensar y comienza a recoger sus cosas para buscar refugio. Por otro lado, su marido, que se encuentra en la calzada del Ex convento de San Francisco, también se apresura a recoger sus canastas, bolsas y chiquihuites tejidos.

Cuando se reúnen y ya casi a punto del ocaso, acuden a la casa de una señora que les renta un cuarto por 500 pesos; ahí se esperan a la mañana siguiente, para ir a buena hora de regreso a Oaxaca y reunirse con su familia de nuevo, después de un largo y cansado viaje.

Foto: Cámara Oscura // Melisa Ortega

Según datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) en 2018, en el país, tres de cada cuatro adultos mayores a los 60 años trabajan en condiciones más precarias sobre el resto de la población.

Son más de 5 millones los adultos mayores que se ven en la necesidad de emplearse de manera precaria en el país, de los cuales, 3 millones 665 mil, es decir, el 74.2 por ciento, trabaja de manera informal, sin prestaciones básicas.

Además, según el Consejo Nacional de Evaluación de la Política y Desarrollo Social (Coneval) en el último corte del 2017, cuatro de cada diez adultos mayores se encuentran en situación de pobreza, es decir, el 41.1 por ciento de este sector. En este sentido, el 34.6 por ciento vive en pobreza moderada mientras que el 6.6 por ciento vive en pobreza extrema.

Fotos: ACA
Texto: Melisa Ortega

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