“Amarillo” historias de migrantes

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Amarillo es una obra con la que se concluye la primera fase de una serie de actividades en torno fenómeno migrante realizada por el Colectivo Caracol Artístico llamado «Memoria e identidad en comunidades migrantes».

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Se encienden las luces, todo se pinta de amarillo y deja ver lo que queda en el escenario; es una escena de tristeza que, pese a que muchos no han visto una así, saben muy bien lo que está ahí, es lo que queda de lo que alguna vez fue el sueño de un migrante.

Sobre el suelo hay bidones, latas, comida y ropajes que son acariciados por la arena, algunas de esas ropas están colocadas cual rompecabezas que arma un forense para identificar cuerpos y pertenencias.

Es el alma del desierto que fue llevada a la ciudad de Apizaco, en Tlaxcala, por una noche, es el rastro que queda de aquellos fantasmas sin nombre, cuyas huellas fueron borradas por el viento y la arena, cuyos rostros fueron convertidos en afiches por aquellos que los extrañan.

Los que quedan en el desierto fueron muertos por el hambre, la sed, el sol, la soledad, o por un patrullero de la frontera, quien ni se molesta llevar el conteo de cuantos ha matado, porque a nadie le importan.

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El hombre habla al público, pide un encendedor para prender su cigarro, enuncia que va al norte solo para comprar cigarros

 “Esta no es una carta, cuando te fuiste a chicago yo estaba embarazada, parí sola en el centro de salud de Tecalpulco, ese día me llamaste y dijiste que volvías pronto, pero fue la última vez que supe de ti”.

El hombre se fue al norte por unos cigarros y nunca regresó. Son los rastros que no dejan aquellos que se van, son los huecos en el corazón de aquellos que no regresan. Un corazón de arena roja baja hacia la mesa donde se encuentran dos mujeres, como en una pintura de alguna artista famosa.

Al corazón el hombre le había clavado previamente unos cigarros y tenía puntas de madera, sin embargo, cuando terminan de leer la carta que no es carta, una de las mujeres comienza a quitar los cigarros y las puntas, y con una de ellas comienza a perforar el corazón.

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Como una alegoría poética, ella toma el corazón entre sus manos y le da vueltas con gran fuerza, mientras la arena roja cae en cascada suave, el corazón se vacía poco a poco, mientras asciende lentamente para alejarse y dejar una bella estela entre sus dedos.

Comienzan los bailes, comienza la danza de la añoranza, la pareja besa un garrafón vacío, la pareja se une con movimientos eróticos, después todos bailan. Aquel dueño de la voz difónica se revela, un hombre de barba blanca y atuendo vaquero, ellas con faldas tradicionales de Sonora y Chihuahua. Todos comienzan a bailar, todos se mueven en círculos. Todos se mueven.

El final se acerca. Bolsas rellenas de arena descienden al escenario y ellas comienzan a perforarlas liberando su contenido. Como cascadas tenues, envuelven el ambiente con suaves estelas, el frío atenúa el sonido que generan los diminutos cristales al caer al suelo, como voces que susurran cosas. El escenario se torna de negro, los actores se preparan para la despedida.

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El extraño sonido se repite, es un canto, un canto gutural, difónico, que empapa de miedo a quien lo escucha; emula el sonido de un tren en movimiento, un tren que acelera cada vez más y más, el hombre que va sobre ese tren cae sobre la arena, una trampa repleta de depredadores.

“Ahí está el coyote y esta es su tierra, el coyote me mira y el coyote babea. Me lame los ojos, el cuello, las piernas. ¿Me escucha, me están escuchando? ¡Me escuchan!”

El tambor se agudiza y el sonido del acordeón no deja de causar que el corazón se acelere. El hombre se viste de ropas, el hombre repite nombres de personas, son los pensamientos de migrantes.

“Yo me llamo Pedro, tengo 19 años. A veces sueño que estoy muerto, otras veces que estoy preso, a veces mis huesos se pierden con el desierto, pero no me importa, me levanto, sigo adelante (…) A veces no soy yo, a veces no soy nadie, a veces sueño con amarillo. ¿Me escuchan, me están escuchando? ¡Me escuchan!”

Imágenes de cientos de miles de migrantes se proyectan en la pantalla, todas tan rápido que solo quedan fantasmas en los ojos. El hombre intenta abordar el tren en la pantalla, pero cae repetidas veces.

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El tren comienza a acelerar y él se sujeta como puede intentando no caerse, sobre la pantalla se proyecta la imagen del mismo hombre que yace en el suelo, pero que en la pantalla parece sujetarse y subir los peldaños de una bestia en movimiento.

El tren se detiene, los vigilantes de un solo ojo comienzan a buscar entre la oscuridad, con su ojo iluminando el camino y la voz extraña comienza a cantar.

“A morir, a morir en los desiertos, me voy del ejido y una estrella marinera me pongo a preguntar. Estoy lejos de mi tierra, nomás que me acuerdo, me dan ganas de llorar. Pero a mí no me divierten los cigarros de la dalia, pero a mí no me consuelan estos tragos de aguardiente.

Me pongo a pensar, que dejé un amor pendiente, nomás que me acuerdo, me dan ganas de llorar”, canta la voz.

Un sonido de corazón que late lentamente retumba, el ojo vigilante dejó un rastro de arena sobre el suelo, un dibujo. Las luces se apagan de nuevo.

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El ambiente se oscurece, un hombre se acerca de entre la oscuridad, mientras imágenes de personas sobre trenes se proyectan en la pared. Aquel hombre que corre ansioso, salta repetidas veces, intenta llegar hacia algún lado, pero solo se da golpes en el muro.

“Me veo cruzando el río nadando, saltándome la cerca de alambre, metiéndome entre todos los agujeros del muro grande. Una bolsa con ropa y comida, una barra de pan, tres latas de atún, un bidón con agua, hasta donde me alcance”.

“Agua, resequedad en la mucosa. Agua, un picahielo en la cabeza”.

Sobre el muro se ven trenes con personas que portan en su piel los colores que genera la pobreza, se sujeta de los peldaños y mira al público.

“Buscar el ferrocarril, los rieles; entonces yo me trepo y ya no existo, soy un fantasma escondido entre los ruidos de estos trenes, entre los ruidos de estos cielos. En éste tren no estamos nadie ni mejor. En este tren no estamos nadie, ni Pedro, ni Juan, ni Enrique, tampoco Mercedes ni Esperanza, yo no voy en este tren que me lleva lejos, al norte más al norte de mi casa”.

El sonido gutural llena de misticismo a la muerte, a la deshidratación, la boca se llena de angustia y desesperación, mientras solo hay un bidón vacío y espejismos, no hay ni un charco de agua.

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Mientras, múltiples bidones son colocados sobre el escenario, el hombre sediento agarra los que puede.

“En el fondo de las cosas habita una sombra (…) hormigueo en las extremidades, la vista turbia. Más al norte del norte todo es luz, el norte es un destello. Allá está el norte con su guadaña, esta mano lo señala, pero esta mano ya no es mía. En estas circunstancias la muerte puede tardar de dos a tres días”, dice una mujer.

En la pantalla se proyecta lo que sucede en el escenario, visto desde arriba, el hombre está sentado en una silla, mientras que una mujer trepa por los peldaños del tren imaginario proyectado en la pantalla, su mano se extiende, quiere alcanzar la proyección del hombre, pero se oscurece y cuando se vuelve a iluminar ella ya no está.

Una figura cae, en el suelo y en la pantalla, las luces se apagan y se escucha a la voz disminuir su canto, mientras se oye a lo lejos el aullido de un coyote en el desierto. Se escucha una voz en un radio de mano y una lámpara ilumina el cuerpo del hombre que ha caído.

Comienza a sonar una canción añeja, reproducida en un fonógrafo. El aire gélido de la ciudad se llena de añoranzas y sensaciones de algo que se perdió en el olvido.

Después, dos voces se preguntan, “¿quién encontró al cadáver? ¿Estaba muerto cuando lo encontraron? ¿cómo encontraron el cadáver? ¿era el padre, hermano, hijo, tío del cadáver abandonado? ¿quién lo abandonó? ¿Qué le hizo declarar muerto al cadáver? ¿Lavó el cuerpo?  ¿le secó los ojos? ¿le dio un beso al cadáver abandonado?”.

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